Amar en un mundo que prohibe sueños

LA MUJER SIN TECHO QUE SOLO SABÍA AMAR.

 – I capitulo – 

Todas las historias contienen su trocito de amor pero hay algunas que están llenas de hermosura, amor y paz y la historia de Tudora debe servir de ejemplo para que el mundo recapacite y tome consciencia que en la calle hay muchísimas personas ignoradas que sufren constantemente violencia que se manifiesta de distintas formas. En mi mochila llevo miles de historias de la calle y me pesan tanto que debo ser responsable y transformarlas para que la vida tenga sentido y no podía empezar el libro sin dar visibilidad a una de las historias que me ha determinado actuar y permanecer en la calle en un intento de aportar y hacer justicia social con y para los nadies, los hijos de los días ya que sus historias son como los días, diferentes y llenas de luz.
Siempre me cruzaba con la mujer delgada de piel morena y cada vez que nuestras miradas se encontraban me sonreía dando visibilidad a sus dientes desgastados, sonreía con los ojos que se empequeñecían y fundían en su rostro tan cansado de la vida dura de la calle, sonreía siempre mientras rebuscaba con su bastoncillo metálico en los contenedores de la ciudad y mis prejuicios y los miedos me impedían acercarme. Me limitaba a sonreír, mandaban los miedos que prohibían el abrazo de las sonrisas.
Su rostro alegre me perseguía y así fue como una noche de invierno de nuevo nos cruzamos y esta vez me desnude de los miedos para abrazar su bella mirada. Nunca hablaba, solo sabía sonreír y aquella noche nos sirvió a los dos para unirnos en aquella jungla del asfalto que ignora a las personas como ella por haber dejado de consumir, tener una casa, trabajo, pero en su corazón guardaba algunos sueños de los que se aferraba cada día para dar sentido a su vida.
Conocer su historia no fue fácil ya que su pareja, Dragan, un señor bajito con bigote mucho más joven que ella le tenía prohibido hablar con los hombres pero en nuestra relación mandaban nuestras almas y los dos fuimos capaces de rebelarnos contra todas las prohibiciones de la tierra y caminar sin miedo por la ciudad de Sevilla.
Poco a poco he podido entrar en el mundo tan invisible de Tudora y siempre he respetado los ritmos que ella marcaba, era un mundo que nada tenía que ver con el mío, un mundo donde a pesar de la pobreza severa que reinaba había pasión, amor, solidaridad y muchas sonrisas y me impactaba cada gesto ya que desprendía mucha naturalidad y una desbordante sensibilidad, capacidad extraordinaria la suya que me impactaba e invitaba a profundizar en su historia.
Por la mañana abandonaba los cartones y las mantas desgastadas en busca del sol al que abrazaba con mucha fuerza con los ojos cerrados, viajaba sin destino a cada paso acompañada de un carrito de bebe en el que guardaba los cartones y la ropa que reciclaba de los contenedores de la ciudad. El fuerte olor prisionero en los contenedores se iba volando cuando abría las tapaderas metálicas con sus manos hinchadas que parecían la de un hombre. Se había acostumbrado al olor de la basura que respiraba cada día durante ocho años y todo el sacrificio para hacer realidad el último sueño que quedaba, construir el tejado de su casa en el pueblo de Petrosani para pasar su vejez y poder dejar a sus nietos un techo construido.
Aunque la mayoría la ignoraban ella conocía las historias de la gente de la ciudad a través de la basura que reciclaba y de todo lo recogido de la basura las muñecas encontradas eran motivo para la alegría y el retorno a la infancia. En sus ratos de descanso peinaba y vestía las muñecas con las que jugaba, dando con ello vida a la niñez que le han robado.
En su ruta diaria por la ciudad se aseaba en los parques y lavaba su ropa en las fuentes públicas de la ciudad y de nuevo el sol era su aliado y siempre lo agradecía ya que le servía para calentarse y secar su ropa de alegres colores que con orgullo vestía. Le gustaba ir arreglada a los contenedores y el vestido de color rosa que había encontrado en la basura era su vestido preferido y se lo ponía todas las veces que podía. En su bolsito que tenía dibujado un osito, guardaba las colillas que se fumaba en un intento de olvidar la vida dura de la calle y comía lo que encontraba en los contenedores o lo que sobraba en los bares y restaurantes ahorrando el poco dinero que ganaba con el reciclaje de la basura para construir la casa en ruinas del pueblo, una capacidad extraordinaria de sacrificio que desprendía para que sus nietos no tengan que deambular por la calle sin casa, quería lo mejor para su familia que muchas veces se mofaba de ella por su empeño en no matar a la niña sin infancia, deliraba y soñaba despierta y con derecho ya que el régimen comunista de Rumanía le ha despojado de su hijo al que nunca ha conocido. Nuestro camino sin destino nos unía, los dos éramos gitanos quitados de nuestras familias por el régimen y esta historia que teníamos en común nos tenía interesados por el camino sin destino.
Los bares de la ciudad le negaban incluso un vaso de agua en aquella ciudad que en verano se convertía en un horno y siempre me rebelaba y le traía agua fresca. Su sed era tal que siempre lo agradecía. Sus ojos grandes negros hundidos y cansados de tanto observar cada día perdían luz y no sabía de qué forma convencerla para ir al hospital. Intente en muchas ocasiones hablar con el marido para convencerlo de que necesitaba un tratamiento en un hospital y tardamos años ya que desconfiaba de la sanidad hasta el día en el que Tudora se intoxico con comida de la basura y tuvo que ingresar de inmediato.
Por la noche en los refugios oscuros que encontraban compartían alrededor del fuego las historias que conocían en la calle y Tudora que guardaba en secreto nuestra historia encuentra la valentía para contarle que ha conocido en las calles de Sevilla a su hijo perdido de Rumanía, para ella era su hijo robado. Por la noche apenas descansaba, vigilaba la basura reciclada que de día llevaba su pareja para la chatarrería. Las noches largas daban para pensar mucho y deliraba perdida entre las montañas de basura y los sueños hasta que despertaba entre los gritos de la policía que la echaba de estos lugares en ruinas. En varias ocasiones la policía le quito las muñecas que coleccionaba y recogida lloraba como una niña de impotencia y de dolor por haberla dejado de nuevo sin infancia, eran los momentos más duros verse de nuevo sin nada pero encontraba de nuevo la fuerza para levantarse y seguir deambulando por la ciudad en busca de las historias que se esconden en los contenedores.
El día que se intoxico con comida de la basura vi una oportunidad espectacular para ingresarla en el hospital y cuidarla, era mi deseo y no fue posible ya que el hospital no nos ayudo. Su estado era muy grave, la cara hinchada impedía que respirase. Entre los escombros y las ratas gracias a Alfonso Romera, un médico de la ciudad le proporcionamos tratamiento pero su situación seguía empeorando. Ella sentía que le quedaba poco y decide con su pareja ir al pueblo de Rumania para morir allí.
Ella me ha enseñado vencer el miedo a las ratas, me ha enseñado el lenguaje verdadero del alma y sobre todo escuchar el silencio. Amaba los animales y entendía su lenguaje. Tenía una gran capacidad de intuir, inteligencia emocional que logra gracias a las experiencias de la calle y sin embargo toda su vida fue ignorada, maltratada en este mundo mediocre que no supo mirarla a los ojos.
El último momento fue especial ya que por primera vez verbalizaba nuestra amistad y nos hemos fundido en un enorme abrazo en aquella estación de autobuses, lloraba al mismo tiempo que decía “hijo mío, nunca te olvidaré”. Nuestras almas eran gemelas, nunca había conocido una mujer tan hermosa que respondía al odio con amor, me sentía huérfano de nuevo sin ella, quería ayudarla para que sus sueños se hiciesen realidad y no fue posible ya que ha decidido morir en su tierra, en aquella casita de pueblo sin tejado entre los árboles y los animales que rodeaban su casa y lo he respetado, era su decisión. El autobús se alejaba y con ello la oportunidad de vernos, ella ha elegido seguir caminando sin destino en este mundo de las prohibiciones que nunca pudo quitarle su deseo de jugar con las muñecas a sus 57 años, en su mundo había hermosura y esperanza de un mundo mejor.
Querida amiga, este libro es símbolo de la igualdad de oportunidades y tu historia se hace visible para romper con la desigualdad y dar sentido y vida a las historias de la calle en un intento de equilibrar las fuerzas y hacer posible que triunfe el amor y la solidaridad.
la_mujer_que_ama_tudora
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